Como en Malvinas

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El 3 de abril será a la Argentina lo que el 8-M fue a Madrid y a España. Miles de jubilados rompieron el confinamiento y salieron a los bancos a cobrar sus pensiones. Las colas, en especial en Buenos Aires (capital y provincia), fueron kilométricas. Los ancianos se agolparon horas antes de que los cajeros empezaran a despacharles sus modestas pensiones. No tienen o no saben, usar las tarjetas de debito. En diez días veremos cómo, muchos de ellos, le hacen un favor a las arcas del Estado y pasan a mejor vida.

El episodio de los viejos coincidió, con horas de diferencia, con el 32 aniversario del conflicto de las islas Malvinas con los británico. Fue una guerra no declarada y perdida, en poco más de dos meses, de forma humillante. Exacerbar el espíritu patriótico y hacer ondear la bandera albiceleste, le hizo soñar al general Galtieri, el mejor amigo de Johnny Walker, que la dictadura (1976-83) podría sobrevivir.

Miles de argentinos se concentraron en Plaza de Mayo, vitorearon al líder ebrio, entregaron sus joyas, dinero y hasta escribieron cartas de ánimo a los soldados que iban «al frente». Las donaciones se multiplicaban y las misivas se empaquetaban en onzas de chocolate para combatir el frió gélido en las trincheras húmedas del archipiélago del Atlántico sur.

Antes de que cayera la última Junta Militar, en los supermercados de Buenos Aires, se vendían tabletas de chocolates que el consumidor reconocía con lágrimas: bajo el envoltorio asomaban esas cartas de ánimo a los soldados que les habían escrito.

Hoy, con la pandemia ganando terreno, los miserables se amontonan en las «villas miseria» y los pobres aguardan sus bolsas de comida. El presidente, Alberto Fernández, advertido del estallido social que se avecina si no llena sus estómagos, ordenó a su Gobierno ejecutar las compras. La factura de los alimentos supera el 30 por ciento del precio de venta en los supermercados y en algunos casos, la triplica. De nuevo, cuando llega la guerra, el poder muestra su peor rostro.