Algo más sobre el 30 de Mayo, y 2

0
185

Loor al grupo de iluminados que coronó la gesta del 30 de Mayo, epopeya de la libertad. Reconocimiento eterno a su desprendimiento, sacrificio, coraje e ideal.

Gloria imperecedera a Antonio de la Maza Vásquez, Juan Tomás Díaz Quezada, Eduardo Antonio García Vásquez, Modesto Díaz Quezada, Miguel Ángel Báez Díaz, Mario de la Maza Vásquez, Ernesto de la Maza Vásquez, Tunti Cáceres Michel, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barreras, Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda Pimentel, Amado García Guerrero, Roberto Pastoriza Neret, Miguel Ángel Bissié Romero, Luis Amiama Tió, Bienvenido García Vásquez, Ángel Severo Cabral, Manuel de Ovín Filpo, Bolívar de la Maza Soto.

Siete mocanos y trece no mocanos, más el caso aun no dilucidado del general Román Fernández. Además, había quienes conocían los planes y otros con quienes se contaba.

El objetivo era la toma temporal del poder mediante el tiranicidio, un golpe de estado relámpago y la incitación al alzamiento de la población mediante llamados por la radio. Y convocar a elecciones libres para establecer la democracia.

La gesta fue genuinamente dominicana y de motivación patriótica. Hubo apoyo foráneo en la entrega de algunas armas, pero ni fue decisivo ni implicaba la aceptación de condición ni subordinación alguna.

Otros movimientos patrióticos también recibieron apoyo extranjero a lo largo de nuestra historia.

En honor del grupo del 30 de Mayo, narro lo siguiente.

En 1962, el Procurador General de la República, Eduardo Antonio García Vásquez (mi padre), uno de los siete sobrevivientes de la gesta (no dos como injustamente se dijera), realizó un inusual recorrido por los cuarteles.

En una carta dirigida a Arlette Fernández, viuda del coronel Fernández Domínguez, lo explica así:

“Conocí a Rafael Fernández Domínguez cuando pasé a servir las funciones de Procurador General de la República, en el año de 1962. Los pedimentos de la justicia para que se pusiese a su disposición a los militares sindicados de la comisión de crímenes, levantó una reacción y se denunció que había un malestar en el Ejército Nacional y que, en particular las clases -sargentos, cabos, etc- podrían crear problemas.

Ante la fuerza de la justicia que impulsaba la mecánica procedimental de los expedientes levantados en aquella época, gané la consciencia de que toda reacción debía estar alimentada por la ignorancia.

Me impuse entonces la tarea de ir, campamento por campamento, por casi todo el país, señalando el porqué, cuándo y cómo se solicitaba que un militar pasara a disposición de la justicia. Así fui a Dajabón, plaza bajo el mando del coronel Mauricio Fernández y allí cumplí como en las demás fortalezas de la zona fronteriza, mi cometido.

Las fuerzas armadas ofrecieron en el campo de tiro (otro lado del Ozama) una fiesta a la que yo asistí. Se me acercó el joven coronel Rafael Fernández Domínguez y me invitó a una copa, y fuimos a su mesa junto a su esposa y unos amigos.

Al despedirme me acompañó y forzando un desvío, aprovechó para decirme más o menos lo siguiente: en la gira que usted realizó para explicar el porqué de los procesos contra los militares acusados de crímenes, no faltó quien levantara más de una intriga, inclusive, señalando que se hacía mala mención de mi padre (general Ludovino Fernández).

Yo sé el contenido de su pensamiento y quiero que usted me guarde como amigo. Contra el chisme que vino a vendérseme, le paso esta confesión: le pido a Dios que me dé vida suficiente y salud de consciencia, para con mis hechos lograr que el lado negativo en la memoria de mi padre se olvide.

Así se inició una amistad que me honró.”

El malestar en el ejército, fomentado por la cúpula trujillista, pudo haber desembocado en un golpe de Estado, quizás desactivado por la visita temeraria del Procurador General a los cuarteles, originada en su intención de cumplir con el plan político de la gesta del 30 de Mayo, que él mismo redactara.

A esos fines, se realizó un juicio lleno de simbolismo, transmitido por televisión, en el que fueron juzgados y condenados los brutales asesinos de las hermanas Mirabal y su chófer Rufino de la Cruz. Se encaminaron otros procesos y fueron encarceladas figuras del régimen de terror.

Empezó a aplicarse la ley de confiscación de bienes mal habidos; algunos pasaron a ser patrimonio del Estado. También fueron reclutados jóvenes abogados tanto para reforzar el aparato judicial como para ejercer roles de oficiales de la Policía Nacional con miras a su adecentamiento

Después vino la guerra civil de 1965. Los condenados escaparon. Luego se sustrajo de la jurisdicción civil el procesamiento de militares. Se devolvieron algunos bienes confiscados y prevaleció la impunidad.

La Justicia no pudo completar su trabajo; la política lo impidió. Hay una gravosa deuda pendiente. Hasta que no se pague, continuarán vigentes algunas lacras del pasado.