Baudelaire, el dandi, el genio, el maldito

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Comenzaba ya a manifestarse el Baudelaire cuya personalidad se inclinaba siempre hacia el escándalo, la espectacularidad –“curioso, contemplativo, analítico”, dice uno de sus biógrafos-, que gustaba exhibir sus conocimientos, despreciar a las mayorías y a las rutinas, extasiarse en el refinamiento y, sobre todo, mostrar a todos su independencia de criterio que se expresaba hasta en sus cambiantes modos de vestir o de acicalamiento. Cuando tenía veinte años ya corría su fama, había heredado una pequeña fortuna de su padre, poseía una magnífica educación, tenía numerosos admiradores entre la juventud, y todo este conjunto lo llevó a ser “prematuramente, dueño de su estilo y de su espíritu”. Las flores del mal consolidaron su buena o mala fama, pero ya era célebre cuando dio a conocer su obra principal. Lo que se conocía suyo, sin embargo, fue calificado de “poesías de loco”, pues escribía poesías amorosas, religiosas, militares, de todo tipo.

Bohemio y dandi, han escrito muchos para identificar su personalidad, pero ambos términos tenían entonces una connotación diferente a la que podamos darle hoy. Bohemio, explica Charles Asselineau, uno de los grandes amigos de Baudelaire, era la persona que estaba en contra de las convenciones sociales de la época y que mostraba una conducta diferente en su forma de vida y de expresión. Baudelaire no fue nunca ni un vagabundo ni un visitante de cantinas; había sido formado por su padre que era profesor universitario, ex sacerdote, funcionario de alto rango. No fue, tampoco, un dandi, en el sentido de persona pedante o que, a causa de sus modos de vestir o de peinarse, gustaba mostrarse a los demás con esas prendas, y nada más. El mismo Asselineau, que lo conoció a fondo, afirmaba que a los ojos de Baudelaire “el dandi era el hombre perfecto, soberanamente independiente, en deuda sólo consigo mismo, y que dominaba el mundo con el poder de su desdén”. El bohemio y dandi era, ante todo, poeta, crítico, traductor y filósofo, pues toda su andadura artística y literaria tuvo como trasfondo ideas filosóficas. Menos, periodista, que siempre consideró como propósito menor. Llegó a publicar en una conocida revista de su época, pero pronto abandonó sus colaboraciones y los dos o tres artículos que escribió luego prohibió que se incluyeran en sus obras. Empero, la poesía de Baudelaire se conoció a través de periódicos y revistas, antes de publicarse en libro.

Gran parte de su vida la consumió en traducir las obras de Edgar Allan Poe, del que se convirtió en un fanático. La literatura de Poe le atraía con fuerza. Se dedicó al estudio del inglés para poder traducirlo con mayor eficacia, a un nivel de que la traducción que hizo del genio estadounidense del relato corto, todavía hoy es considerada como la mejor. Algunos afirman que, incluso, enriqueció la obra de Poe al traducirla. Fue uno de los pocos escritores que admiró, con excepción de su maestro Théophile Gautier, padre del parnasianismo.

Al fin, llegaron Las flores del mal. La había anunciado por años, pero nunca la publicaba. Hubo otra que anunció hasta con su título, Catecismo de la mujer amada, pero al parecer nunca la escribió. Manejó diversos títulos: Las lesbianas, Los limbos, hasta que finalmente un amigo, Hippolyte Babou, le regaló el nombre. Era el verano de 1857. Tenía 36 años. El libro fue buscado por los admiradores del poeta que habían conocido ya algunos de los poemas en los periódicos. Les esperaba lo mejor. Corriendo de mano en mano, adquiriéndose en cantidades apreciables, Las flores del mal crearon escándalo en una sociedad donde aún, a pesar de revoluciones y rebeldías prometedoras, se perseguían las ideas. Pronto, el libro fue llevado a la justicia. Ofendía la moral religiosa, dijo el fiscal perseguidor, el mismo cancerbero que había llevado al banquillo acusatorio a Flaubert por Madame Bovary. Baudelaire no fue defendido y el abogado que buscó para enfrentar a la justicia jugó un rol despreciable. Tal la época. Mutilaron la obra, pero luego, abandonado el caso, se realizó una segunda edición ampliada y renovada, y luego una tercera, una cuarta…Baudelaire había triunfado, aunque como le advirtiese un amigo el libro permanecería sobre toda su vida como una mancha y el juicio se convirtió en un agravio que afectaría su ánimo para siempre. De todos modos, su rehabilitación total no llegó hasta cien años después. “Poseo uno de esos felices caracteres que extraen placer del odio y que se glorifican con el desprecio. Mi diabólicamente apasionado gusto por la estupidez me hace encontrar placeres muy particulares en los disfraces de la calumnia. Casto como el papel, sobrio como el agua, inclinado a la devoción como una comulgante, inofensivo como una víctima, no me disgustaría pasar por un libertino, un borracho, un impío y un asesino”. Esa fue su defensa. Renació. Había ganado nuevas simpatías en los jóvenes y comenzó a pasearse, bien vestido, con nuevo peinado y perfumado, por los bulevares parisienses, saludando y firmando su libro. Era un dandi y un auténtico provocador.

Entonces, se enteró de que en Bélgica se pagaban bien las lecturas y las conferencias, y que los literatos hacían giras como los artistas de la ópera. Le habían llegado noticias de las exitosas tournée de Dickens, de Thackeray, de Longfellow, de Poe, por Estados Unidos y Europa. Pensó que sería igual en Bélgica. Se encontró con una sociedad diferente, donde le conocían poco y hasta donde el editor le falló. Fracasó en el intento. Permaneció en Bruselas, amargado y solo, y terminó odiando a ese país. Volvió a París, de paso, sin hacer caso a los amigos que le pedían que regresara definitivamente. Lo hizo muchos meses después, pero llegó enfermo. La sífilis, la malaria, la adicción a las drogas lo había ido consumiendo. Ataques cerebrales repetidos lo convirtieron en hemipléjico y afásico. Perder el don de la palabra, que tanto apreciaba, era el peor castigo. Había amado a muchas mujeres, pero solo conoció una noche de placer con Madame de Sabatier, a quien le escribiese muchos poemas y con quien fumó mucho hachís. Murió a las once de la mañana del sábado 31 de agosto de 1867. Tenía 46 años de edad. Como Alfred de Musset, como Henri Heine, como Julio Cortázar, su funeral, en el cementerio de Montparnasse, tuvo asistencia escasa. No pasaban de sesenta personas, entre ellas sus grandes amigos el pintor Manet y el poeta Paul Verlaine. El primero pintó una tela de su entierro, que nunca terminó. El segundo, con apenas veintiún años, escribiría un artículo en la prensa sobre las exequias. Años más tarde, Verlaine lo incluyó en su lista de poetas malditos en su célebre libro, sin olvidar que un día la maldición le caería también a él. Para colmo, fue enterrado por orden de su madre al lado de la tumba de su padrastro, a quien odiaba. Todos los periódicos de París escribieron horrores de Baudelaire tras su muerte. Las flores del mal, como todos sus otros libros, siguen siendo motivo de polémicas y opiniones contrapuestas. Théodore de Banville, uno de los principales poetas franceses de fines del siglo diecinueve, al pronunciar el panegírico frente a los restos de su amigo, dijo: “El futuro próximo lo dirá de una forma definitiva. Las flores del mal son la obra, no de un poeta de talento, sino la de un poeta de genio…una obra esencialmente francesa, esencialmente original, esencialmente nueva”.

Hoy, 9 de abril, se cumple el bicentenario del nacimiento de Charles Baudelaire. Nació en París en 1821.