Destrujillización

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Por primera vez un presidente de la República asistió a la conmemoración del ajusticiamiento de Rafael Trujillo. Con la presencia del Presidente en el acto, el Estado dominicano hacía explícito su apego a la democracia que sufrió varios atentados en contra posteriores a aquel martes de mayo de 1961 cuando se puso fin a la más larga dictadura de la América hispánica; esa democracia que fue quebrantada en septiembre de 1963 al derrocar el gobierno legítimamente surgido de las elecciones de diciembre del 62; pisoteada por una intervención militar extranjera y de 1966 a 1978 por los doce años de gobierno de Joaquín Balaguer hasta la victoria de Antonio Guzmán en 1978.

Con la elección de Guzmán, la democracia dominicana tomó velocidad de crucero a pesar de intentos por enturbiarla en 1990 y 1994. Desde entonces vivimos en democracia y podemos decir que al conmemorar el pasado 30 de mayo el 60 aniversario del ajusticiamiento de Trujillo se celebraba igualmente el “día de la democracia”.

El grupo de acción que dio al traste con la vida y el régimen dictatorial de Rafael Trujillo fue evidentemente el único que tuvo éxito de una serie de intentos que desde el mismo 16 de mayo de 1930 hostigaron los 31 años del régimen de Trujillo y cuyo fracaso dejó una estela de muertes, tortura y exilio no sólo a los fracasados conjurados sino también a sus familiares cercanos e incluso simples relacionados. A guisa de ilustración: la conjura de 1934, la del capitán Eugenio de Marchena, la afrenta de la Juventud Democrática en 1946 así como también los intentos fallidos de expediciones militares en 1947, 49 y 59 culminando esta última con el fusilamiento de los expedicionarios de junio de 1959 que dio motivo al apresamiento de los jóvenes que se agruparon en torno a Manolo Tavárez Justo y Minerva Mirabal en el movimiento Revolucionario 14 de Junio en 1960 . Esto desató la mayor ola de apresamientos y tortura de la Era de Trujillo y culminó con el asesinato de las Mirabal en noviembre de ese año. Ese cúmulo de exacciones del régimen poco después precipitó a la acción al grupo que dio al traste con la vida del dictador y nos abrió las puertas a la democracia y a la libertad de expresión que nos habían sido vedadas en 1930.

El martes 30 de mayo de 1961, el grupo de acción encabezado por Antonio de la Maza tuvo éxito; la parte política, no. Dicen que el azar ordena bien las cosas, pero en cuanto a la muerte de Trujillo… no.

El azar quiso que el general Arturo Espaillat fuera testigo de la balacera entre conjurados y el dictador en la autopista que conduce a San Cristóbal. Al darse cuenta de que se trataba del “jefe” se dirigió inmediatamente a la residencia del general José René Román, entonces ministro de las Fuerzas Armadas, para decirle que había sido testigo del magnicidio y le pidió que le acompañara para informar a los servicios de seguridad lo que había pasado. Es aquí donde el azar trastorna la parte política del plan, pues el general Román había puesto como condición ver el cadáver de Trujillo para dar el golpe de Estado que aseguraría la toma del poder a los conjurados. Como un castillo de naipes, cuando Luis Amiama Tió fue a decirle a general Román que Trujillo había sido abatido una hora antes en ruta a su natal San Cristóbal, se enteró de que el ministro había salido precipitadamente en compañía del general Espaillat.

La improvisación se apoderó entonces de los conjurados que no habían contemplado un plan B. Fue cuando fracasó la parte política del plan, cosa que dio tiempo al presidente Balaguer y Ramfis Trujillo a organizarse y desatar la ola de persecución, apresamiento y muerte de familiares, amigos y allegados de los conjurados. En menos de una semana habían sido abatidos de la Maza, Juan Tomás Díaz y Amado García Guerrero.

El padre de Antonio de la Maza estaba emparentado con Mon Cáceres, líder y cabecilla del grupo que dio muerte al dictador Ulises Heureaux en Moca en julio de 1899. Un acontecimiento que llevó a su pariente Horacio Vásquez a presidir el gobierno provisional que fue proclamado un mes después de la muerte de Huereaux.

La dictadura de Heureaux no era la de Trujillo. Trujillo había penetrado en el hogar dominicano a fuerza de represión y miedo; sometido a los dominicanos a estrecheces económicas, aislamiento social y un perenne temor de ser reducido a prisión simplemente por reprobar en silencio su política. La parte política del ajusticiamiento de Trujillo no tuvo éxito por cosas del azar; sin embargo, Román Fernández no tenía el liderazgo necesario ni la formación política requerida para completar el plan de los conjurados; Balaguer, sí. Eso explica que lograra mantenerse en el poder hasta ocho meses después de la muerte de Trujillo; que lograra mantenerse incluso meses después de la huida de Ramfis el 19 de noviembre de 1961, luego de asesinar a los conjurados que guardaban prisión.

A pesar del fracaso de la parte política de la conjura se logró que Balaguer permitiera la entrada del Partido Revolucionario Dominicano, que la capital volviera a llamarse Santo Domingo y que el Congreso disolviera por ley el Partido Dominicano.

En enero de 1962 cuando Balaguer se asiló en la Nunciatura, a la destrujillización le siguió la persecución judicial de los asesinos de las Mirabal y connotados esbirros de la dictadura que aún permanecían en el país. Hubo juicios y condenas individuales, pero en República Dominicana todavía está pendiente juzgar la dictadura de Trujillo como se juzgó el nazismo en Nuremberg en 1945.