El éxodo infinito: la nieve redobla el largo camino de los ucranianos hacia su seguridad

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Hay que ir mentalizándose despacio de lo que es un kilómetro. Ahora cinco. Diez. Quince, veinte, hasta cuarenta para hacerse solo una idea de la dimensión de la cola de autocares y coches que ayer domingo trataba de acercar por el lado de Ucrania a mujeres y los niños al cruce con Polonia, paso de Medyka, por el que básicamente solo se entra a pie. La mayoría de los vehículos están conducidos por maridos -ellos no pueden huir por ley- que esperan dejar a sus familias lo más cerca posible de la barrera, pero eso está tomando dos y tres días y el pasar de las horas atascados hace que que ellas acaben cogiendo las maletas y los hijos y caminen a pie hacia la frontera.

Sobre los buses, que son cientos, ver para creer. Consumen las jornadas quietos sin avanzar un palmo y la gente, los edredones, las mantas y las maletas van hacinadamente pegados contra las ventanas y contra el cristal del parabrisas. Como sardinas enlatadas, acuérdese alguien de aquello del Covid.

El éxodo de Ucrania, como tantos, es agónico. Y el sábado empezó a nevar. Una Filomena. No había nevado este invierno, dicen, y de repente el frío amenaza el doble a los de los coches, que tampoco pueden consumir la gasolina tirando de calefacción -el tope para repostar es de 20 litros-, y doblega a los que se aventuran a echarse a la carretera andando. Por si sirve de algo, en este irse en el que vuelve a haber algo de bíblico hay Jaguars, Tesla, furgonetas, camionetas, 4×4 espléndidos, todo el mundo igualado en un mismo sálvese quien pueda.

Los de ABC vemos este desastre en dirección contraria, viniendo de Polonia y adentrándonos en Leópolis, la primera ciudad ucraniana importante a la que llegamos tras el paso fronterizo. La encontramos barricada de neumáticos y de sacos terreros, y las sirenas de alarma acaban de apagarse. No hay casi gente en las calles, pero tampoco una enorme precupación.