Los obreros abandonan a las izquierdas para votar a las derechas y las extremas derechas

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Las elecciones generales más recientes, en Europa, confirman una evolución social y cultural que puede estar cambiando nuestra historia política: los obreros y las clases sociales más modestas han dejado de votar a los partidos de izquierdas, comunistas, socialistas y socialdemócratas, para votar mayoritariamente a los partidos conservadores y conservadores extremos, nacional populistas en bastantes casos. Las elecciones italianas de este domingo prometen ser un correlato de esta tendencia, según las encuestas. Esa evolución ha sido estudiada por muchos politólogos europeos y norteamericanos. Y fue presentada, por vez primera, con un voluminoso estudio realizado por una veintena de especialistas, dirigidos por Thomas Piketty, reputado economista de izquierda. Piketty presentó ese estudio, «Clivages politiques et inégalités sociales», en estos términos: «Durante el periodo de 1950 a 1980, el voto popular beneficiaba esencialmente a los partidos socialdemócratas y el voto burgués a los conservadores. Nuestro estudio demuestra que esa estructura social, en función de las clases sociales, ha desaparecido. Las izquierdas se han convertido en partidos votados por diplomados relativamente acomodados. Si las izquierdas quieren afrontar ese cambio histórico tendrán que cambiar muy profundamente». ‘Le Monde’ presentó el libro de este modo: «¿Por qué votan los pobres a la derecha? ¿Por qué los partidos de izquierdas, que predican la redistribución, no se benefician del incremento de las desigualdades? Del Reino Unido a la India, pasando por los EE.UU., Turquía, Francia y Brasil, son, por el contrario, los partidos nacionalistas, los líderes populares de derecha y extrema derecha, los que progresan de elección en elección». Tiempo más tarde, el semanario socialdemócrata ‘Nouvel Observateur’ se preguntaba a toda página: «Hungría, Polonia, Suecia, Francia, Italia … ¿por qué la extrema derecha progresa en toda Europa?». Las últimas elecciones legislativas confirmaron en Hungría la cuarta victoria espectacular de Viktor Orbán y su partido , Unión Cívica Húngara (UCH, extrema derecha nacional populista), percibidos, en el resto de Europa occidental como una suerte de «modelo» electoral e institucional de un régimen «iliberal», que cuenta, desde hace años, con el apoyo del voto obrero, popular. Lo urbano y lo modesto Kim Lane Scheppele, profesor de sociología y relaciones internacionales en la Princeton University, ha descrito el modelo húngaro de esta forma: «Mientras los electores urbanos y más educados están dispuestas a votar contra Orbán, los electores menos educados, los votantes más pobres, modestos, no piensan lo mismo, quizá porque creen en lo que les cuentan el Gobierno y sus medios de comunicación, quizá por que esos electores, los húngaros más pobres y modestos, no han visto ninguna alternativa a Orbán, incluso porque esos mismos electores son presionados para votar por el partido del presidente autócrata». A juicio de Scheppele, el modelo húngaro tiene algo de paradigmático en toda Europa oriental, por estas razones: «El caso de Hungría muestra cómo los autócratas pueden ganar elecciones, legalmente, apoyándose en su electorado, conservador y ultra conservador, para cambiar las leyes». Días pasados, el Parlamento Europeo declaró que Hungría «ya no puede considerarse una democracia plena, convertida en una autocracia electoral. Autocracia apoyada de manera muy significativa por el voto obrero. En términos políticos, electorales e históricos, la Hungría de Orbán ‘solo’ es un caso entre otros en toda Europa del Este, de Austria a Polonia, pasando por la República Checa. Derecha de origen demócrata cristiano y extrema derecha son fuerzas mayoritarias en Austria desde hace años, con más votos populares/obreros, que la socialdemocracia y el liberalismo. La tradición reciente de la extrema derecha austriaca tiene 20 o 30 años de historia, con sólida implantación popular. En Polonia, la derecha más conservadora y un centro conservador, con mucho voto popular, hace tiempo que dominan la escena nacional, en detrimento de una izquierda minoritaria apoyada por sectores sociales más acomodados. En la República Checa, la Alianza de Ciudadanos descontentos (ACD) de Andrej Babiš, el segundo hombre más rico del país, es la gran revelación política de la última década, defendiendo modelos e ideales próximos, a su manera, a los de Orbán y Boris Johnson. En toda Europa del Este, el pasado comunista es una herencia pavorosa, imposible de asumir: ha dejado un recuerdo atroz entre obreros y clases populares. No es un azar, quizá, que, desde hace meses, los dirigentes polacos critiquen con severidad la vieja Europa en crisis del antiguo y difunto ‘eje’ franco-alemán. Desde el punto de vista del conservadurismo polaco, en el poder, con mucho apoyo popular, es urgente defender una «nueva Europa», más «inclinada» hacia el Este. Giro polaco que coincide, desde hace años, con la consolidación de un voto obrero muy conservador en Alemania. Klaus Dörre, profesor en la Universidad de Jean, publicó puso sobre la mesa este giro con un artículo titulado: «¿Asistimos a la emergencia de un movimiento obrero de extrema derecha?». En el Reino Unido, el voto popular y el voto de las víctimas de la mundialización, es una historia bien documentada, desde el Brexit a Johnson y Liz Truss. Ese mismo voto obrero de las regiones víctimas de la desindustrialización tuvo su importancia en la ascensión de Donald Trump y los enfrentamientos cainitas que hoy dividen a los EE. UU., de la manera más inquietante desde la Guerra de Secesión de 1861-1865. En las elecciones legislativas francesas del pasado junio, el conjunto de las izquierdas, PS, PCF, La Francia Insumisa (LFI) y los ecologistas tuvieron, juntos, menos votos y menos diputados que Agrupación Nacional (AN, extrema derecha). Los obreros franceses dejaron de votar comunista y socialista a finales de los años 90 del XX, para comenzar a votar a la extrema derecha por las mismas fechas. FN y AN son el primer partido obrero de Francia desde hace veinticinco años. Jérôme Fourquet, director de estudios del IFOP (Instituto Francés de la Opinión Pública), es autor de un estudio titulado «Cómo la izquierda ha perdido el voto obrero en beneficio de la extrema derecha, durante los últimos treinta años». Y escribe: «Desde hace años, más de cuatro de cada diez obreros franceses votan a la extrema derecha. Todo ocurre como si la extrema derecha de la familia Le Pen haya capitalizado el voto de quienes se consideran víctimas de una nueva sociedad dominada por electores con mayor nivel económico y educativo». «¿Es ese el futuro?» El triunfo de las derechas, tradicional y ultra de nuevo cuño, en Suecia, hace días, se parece razonablemente al caso francés. Los electores obreros y menos favorecidos abandonan a la izquierda tradicional, socialdemó- crata, en beneficio del ‘nuevo’ conservadurismo. «Es un ejemplo del giro a la derecha de los electores en Europa», refirió días pasados ‘The New York Times’, agregando: «La extrema derecha hace historia en Suecia. ¿Es ese el futuro?». Dominique Reiné, director de Fondapol (Fundación para la innovación política), valora las recientes elecciones suecas de este modo: «La política irresponsable de los socialdemócratas en materia de inmigración ha contribuido de manera determinante al triunfo de las derechas. La ascensión de las derechas y extremas derechas, populistas, afecta a todo el mundo democrático y, en particular, a todos los países europeos. Lo ocurrido en Suecia quizá ocurra mañana en Italia». Rechazo a las élites Davide Monaco, director del departamento de política europea en la Universidad de Manchester, ha establecido el mismo paralelismo: «La ascensión de las fuerzas de extrema derecha, anti establishment comenzó en toda Europa hace una larga década. Era y sigue siendo una fuerza electoral de rechazo contra las elites gobernantes partidarias de la mundialización. En Italia, como en el resto de Europa, esas fuerzas comenzaron a crecer hace años, denunciando el neoliberalismo y las políticas presupuestarias de la Unión Europea». Según todas las estimaciones y estudios, las elecciones italianas pudieran confirmar esa tendencia continental, confirmando un voto conservador, conservador extremo, superior al voto de las izquierdas de diversa naturaleza. De Roma a Varsovia, de Praga a París, de Budapest a Londres, cada mercado y sociedad política tiene características propias que permiten explicar el giro histórico de voto obrero hacia las derechas, que también son distintas. Globalmente, sin embargo, con los imprescindibles matices, parece confirmarse la estimación de Piketty, economista de izquierdas, cuando presentó el estudio realizado por numerosos especialistas en medio centenar de países de cinco continentes: «Las nuevas izquierdas y los ecologistas parecen contar con el apoyo creciente de profesiones bien calificadas y remuneradas, realizando tareas jerárquicas de cierto nivel en sectores como la sanidad, los servicios sociales y la comunicación. Por el contrario, en numerosos países, los obreros han abandonado a los partidos socialdemócratas y asimilados son hoy el corazón de la base electoral de las extremas derechas».